
Era un callejón que conducía al antiguo molino harinero de El Peral. Poco a poco, la gente comenzó a construir allí.
Gisela Manoni – gmanoni@losandes.com.ar
La pintoresca calle El Molino, en El Peral, perdió su fisonomía de callejón que conducía a unas pocas fincas con caserones antiguos hace unos 60 años.
Entonces el sitio se comenzó a poblar de nuevos vecinos, que instalaron sus viviendas en lotes más pequeños, pero siempre dejando el espacio necesario para disfrutar de los bellos paisajes tupungatinos y sembrar sus huertas o frutales.
Hasta hace unos años, estos pobladores no mantenían entre sí más que la relación correcta entre buenos vecinos. Sin embargo, poco a poco fueron descubriendo que los unía algo más que el espacio: la mayoría de las familias realizaban algún tipo de artesanía.
Con el asesoramiento del INTA, conformaron un grupo de turismo rural y sin querer se constituyeron en el primer barrio de artesanos de Tupungato.
Descubrir esa identidad barrial, no sólo los amalgamó como pequeña comunidad de amigos. Además, fue clave para que comenzaran a apropiarse del lugar, hasta convertir este paisaje rural ubicado a cuadras del centro tupungatino en su pequeño universo, su “lugar en el mundo”.
‘Trabajando en conjunto’ -como reza el lema del grupo- consiguieron troncos y plantas silvestres para parquizar un espacio verde que se extiende en las márgenes de un arroyo aledaño, El Sauce.
Colocaron un enorme cartel que da la bienvenida al circuito y hasta construyeron -con ayuda del municipio- un puente rústico para cruzar el canal y acceder a la placita ‘La isla’. “Y ahora se viene la gran escultura que estamos armando entre todos”, promocionaron.
En respuesta a sus pedidos y para embellecer la zona, la Municipalidad construyó el año pasado una pequeña plazoleta en el punto de ingreso a la calle El Molino, en el cruce con Roca.
Ése es precisamente el lugar de la cita, donde cada fin de semana los artesanos se reúnen para exponer los productos que llevan semanas confeccionando en la soledad de sus talleres o casas.
“Se ha convertido también en un momento de compartida. Llevamos el mate, charlamos de la vida y así vamos armando esta gran familia”, comenta Carmen De Césare, mientras muestra los paisajes que escapan de las pinceladas en sus cuadros y las artesanías que elabora a base de cuero.
A lo largo de las casi treinta viviendas que se extienden en una distancia no muy superior a los 700 metros de esta arteria, los visitantes pueden dejarse cautivar una gran variedad de productos. Tejidos, cuchillería artesanal, bordados, muebles en barrica de roble, bijouterie, fuentes de agua, reciclados, elementos de cuero, etc.
Pero este incipiente circuito rural también ofrece alquiler de cabañas, venta de productos regionales, panificación casera, gastronomía criolla, visitas a huertas orgánicas, paseos a caballo y otros atractivos que cada vez despiertan un mayor interés entre turistas y locales.
“Lo bueno es que, a pesar de vivir en un ambiente semirrural, no estamos a más de seis cuadras de la plaza departamental, lo que facilita el acceso y el traslado”, acota Teresa Valverde, una de las primeras vecinas que eligió este “paraíso natural” para vivir y edificar allí unas cabañas que hoy ofrece con fines turísticos.
“Es un lugar muy tranquilo y con vecinos pujantes”, señaló Juan Bautista “Polilla” Castro, que desde hace siete años tiene un taller donde confecciona cuchillos y otras artesanías con acero, maderas duras, bronce y huesos.
“Gente de otros lugares está interesada en sumarse al proyecto”, señala Rosario Quinteros, que se dedica al reciclado y al trabajo con piedras. El emprendimiento es familiar y su hija Vanesa Díaz se suma con bijouterie. Fueron profesionales del INTA Tupungato los que detectaron esta particular afinidad por el arte manual entre los habitantes del lugar.
Entonces, en el 2010, les propusieron conformar un circuito de Turismo Rural, enmarcado en el programa nacional Cambio Rural, que lleva adelante la institución. Así nació el grupo Arroyo El Molino.
“Me enteré de golpe que tenía un montón de vecinos artesanos. Compartíamos la misma vocación y no lo sabíamos”, comenta Carmen. “Esto nos ha unido un montón”, confesó a su turno América Lemos.
Gabriela Tejera, la licenciada que coordina el proyecto desde el INTA, explicó que los prestadores se promocionan a través de un folleto que entrega Turismo.
“Cuando pueden exponen en los puestos y eventos sus productos; pero también abren las puertas de sus casas, talleres y galpones para mostrar lo que hacen”, apuntó la profesional y explicó que el grupo adoptó por nombre el cauce que cruza la zona: el Arroyo El Molino.
Un sitio con historia
Esta calle del distrito El Peral aún conserva parte de sus viejas alamedas y recovecos. El segmento inicial -donde se ubican la mayoría de las casas- ha sido pavimentado y cuenta con todos los servicios, pero el gran tramo restante aún conserva su fisonomía de tierra como antaño.
Esta vieja arteria comunica el centro de Tupungato con la calle La Costa de El Peral. A lo largo de ella, se extendían unas pocas fincas que ostentaban grandes caserones de los que casi ya no quedan señales. Con el tiempo, esta calle recibió el nombre de El Molino, la única industria de este tipo que existió en el departamento y que significó un motor para la zona.
El Molino
En el preciso punto donde se abrían los cauces del viejo arroyo que recorrí a la zona, la familia Vila instaló un gran molino de trigo y maíz. Ese pionero establecimiento industrial se convirtió en un ícono de la zona, dándole nombre al arroyo primero, y luego a la calle que lo vinculaba con los sectores más poblados de la zona entonces: Tupungato y El Peral.
América Lemos vivió de niña en la vieja casona donde alguna vez funcionó el molino. “La fuerza hidráulica, generada por un desvío del agua del arroyo hacia el canal, era la que hacía mover enormes ruedas y de allí todos los engranajes para moler el trigo”, recuerda la mujer.
América todavía tiene la imagen de aquel enorme establecimiento, del que actualmente sólo quedan sus sótanos. “La gente venía del pueblo en carretas para moler el maíz y el trigo que sembraban en sus chacras”, agrega la artesana.
El molino era propiedad de Nicolás Vila, quien lo rentaba al Juan Maestre, encargado de la producción harinera. La actividad del establecimiento comenzó a decaer con la llegada del ferrocarril, cuando ingresaron a la provincia harinas provenientes de otros molineros del país.
http://www.losandes.com.ar/notas/2012/6/4/molino-calle-poblando-vecinos-646436.asp
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