(Foto Ulises Naranjo)

Llega una nueva Fiesta Nacional de la Vendimia y resulta muy difícil y poco encantador separarse del lugar común de considerar que todo este circo que montamos no sólo deja afuera a los verdaderos protagonistas de la cosecha, sino que también, en cierto punto, los burla y los desprecia, tanto como que en otro punto los celebra y representa.

 

A pocos kilómetros de los lujos, las cosméticas, los protocolos, las crónicas insustanciales, los palcos vip, los tacos altos, los platos gourmet, el sorbo bouquet y los abalorios vendimiales de todo pelaje, están los laburantes de la cosecha, gente que, como todos al fin, sobrevive, pero sobrevive más que nosotros, peor que nosotros, mejor que nosotros.

Juan Pablo Michelini, Walter Basly César Bascuñán.

 

Con la intención de mostrar un poco de esta honorable labor de tomar de la tierra lo que la tierra da (a los terratenientes), es que estamos en una finca al pie mismo de la cordillera, en Gualtayarí, Tupungato. Gentilmente, el enólogo Juan Pablo Michelini, de la bodega Zorzal Wines, nos permite ingresar a ver cosecha en la finca Kóndor. Junto a él, están el encargado de la finca Walter Basly y el tractorista César Bascuñán. Walter es encargado de finca y, por eso, no cosecha y tiene el enorme poder de entregar la ficha, tras la descarga del tacho. En realidad, no se entrega en mano, se arroja al tacho, para que suene (y suena como una música) y los cosechadores se la guardan, para canjearla el viernes.

A los efectos de esta nota, fijaremos la mirada en los cosechadores. Allí están: meten mano con impudicia en los escotes de la parra y salen de ella con racimos pródigos, que dejan caer en el tacho, como mujeres muriendo o como niños naciendo.

Juan 

Todo el mundo dice que los mejores cosechadores del país son los tucumanos. Aquí, entonces, tenemos a Juan Rodríguez, de 24 años. Es tan rápido que saca a sus colegas casi un doble de fichas por jornada.

Cada año, en enero, se vienen a Mendoza con su hermano Miguel y paran por ahí y se quedan hasta abril. Lo de ellos es cosechar: hoy, uva; después, será la papa, el durazno o la manzana y el resto del año, ya de vuelta en su hogar, el limón, la caña de azúcar y, si da, algunas changas de albañiles.

Charlamos con Juan, mientras hace lo suyo con encanto y rapidez, como si fuera a llegar tarde a algún sitio, como si su vida dependiera de esto y así es, al fin, el asunto para este Joven Manos de Tijeras del fin del mundo.

 

 

– Vine con mi mujer este año. Está embarazada ella…
– Qué lindo… ¿Cuándo nace?
– El mes que viene. Está de ocho. Es una nena y va a nacer aquí. Va a ser mendocina. ¿Cómo hago para anotarla? ¿Pagan algo al nacer? ¿Vos sabés cómo es? Voy a tener que hacerle papeles…
– La verdad, no sé, Juan. En el hospital te van a decir o decile que vaya a la municipalidad… ¿Qué nombre le vas a poner?
– No sé… Decime vos.
– Ponele… Mora, Mora Rodríguez. ¿Te gusta?
– Noooo, andá…

Se ríe Juan. Y sale corriendo, porque otra vez llenó el tacho. Digamos ya mismo que Juan no es fachero, sino facherísimo. Tiene una figura espigada, muy atlética, buena altura, pelo largo y lacio y unos ojos verdes que, si otra suerte le hubiera tocado, tendría miles y miles de señoritas corriéndolo por las calles y muriendo de amor a sus pies.

Sin embargo, es él quien corre entre parrales, velocísimo, concentrado, cumpliendo a rajatablas su destino de cosechador de la vid. No ha venido aquí a ser entrevistado ni a hacer amigos. Lo dejamos tranquilo. Nos despedimos.

José 

José Escudero tiene 27 y es de Tupungato. Trabaja desde hace años la cosecha, pero está cansado de cosechar. A su edad, ya empieza a notarse, sobre todo en la cintura, el rigor de este trabajo. No es de los más veloces, según él, llega a los 40 tachos “pero depende de cómo esté la uva; cuando los racimos están bien armaditos, hacés más tachos, si no te demorás mucho en llenar un tacho”.

Es musculoso, determinado y sumamente callado. No sueña con la paz del mundo, ni su hobby es coleccionar ositos ni sus personas favoritas son el Papa Francisco y Luisana Lopilato ni su lugar favorito es el Parque San Martín ni promete representar a su departamento de la mejor manera posible ni su peor defecto es que es sumamente sincero.

José es la vendimia en sí misma y, tal vez por eso, carece de toda forma de discurso que no sea la prepotencia de su trabajo. No obstantes, la uva no es todo en su vida de cosechador. El resto del año, lo emplea en la poda y las cosecha de la manzana, la pera, el durazno y la cereza, “lo que haiga se le hace”, suelta, mientas da tijeretazos a los cogotes de los racimos de sauvignon blanc, que terminarán siendo –este escriba puede dar fe– un estupendo vino llamado Eggo.

 

– ¿En qué te gustaría trabajar, José?
– Me gustaría que me empleara una bodega, para no sufrir más esto. Es muy duro, hermano. Y cuando llueve, como ahora, perdés el día y no tenés nada.
– La vas llevando al día…
– Y, sí… En invierno está la poda y la enmaderación que te deja un poco más de plata… Es poner los palos de centro, el estacón, los alambres, bueno, todo, en los parrales… Te pagan 17 pesos por poner un palo… No sé, ya vamos a ver…

Sale corriendo José con su carga, la vuelca y reciben una ficha, que luego de estallar en el fondo el tacho, se detiene en un charquito del jugo de los granos. Toma la ficha José y corre ahora hasta su mochila: la guarda ahí y saca un botella de dos litros y un cuarto de agua, envuelta en trapos para que no enfríe tanto. Y bebe José, como si no hubiera nada más importante en el mundo y no lo hay, bebe el cosechador que sueña.

Le rogamos hacer un par de fotos. Es tímido y no quiere quitarse su look de Subcomandante Marcos. Se le respeta. Sólo muestra sus ojos, que, a la sazón y a la manera clásica, definiremos como bellos y buenos.

La vendimia 

Digamos lo obvio de José: jamás ha ido a una Fiesta Nacional de la Vendimia. Jamás irá. No es para él que se levanta ese tinglado.

De hecho, esa misma noche de los fuegos fatuos y las tribunas repletas, él estará con su dolor de cintura y su familia, tal vez, tal vez, ojeando un poco de la huevada, por la pantalla de un televisor.

La fiesta no es la vendimia: la fiesta son esas luces con música fuerte, esos desfiles como gusanos, esas chicas con toda la dentadura y coronitas en las cabezas, esos funcionarios como parrales oscuros con corbatas, esos locutores adictos a los adjetivos, esos extranjeros con sombreros empresariales y copas en las manos, esas promotoras con calzas de colores, que están más ricas que comer pollo con mano…

 

Ese silencio con que José cenará esa noche (ese silencio con el que comen, casi siempre, los obreros) será la espalda en que se apoye toda la fanfarria histérica de esta tierra.

Si lo tuviéramos cerca, a José, le diríamos: “La vendimia, mi hermano, es ese dolor de cintura; esas ficha que hacen ruido en el fondo del tacho, esos dos hijos que tenés y de los que casi no hablaste, porque no se habla de lo sagrado. La vendimia es trago de agua tibia, rodilla en el parral y sudor salino bajándote por el cuello”.

Sin embargo, no lo tendremos cerca: él estará con su mujer y sus hijos en su nido proletario y nosotros, pavos reales, aplaudiendo como focas en el banquete de los elegidos.

A manera de epílogo 

Una anécdota final en primera persona: fui a esta nota con mi hijo de diez años. Por la misma razón que alguna vez le expliqué que los pollos no nacen al spiedo en las góndolas de los supermercados, sino con plumas y picos y estúpido piar, ahora quería que mi hijo viera de qué se trata realmente esto de la vendimia.

“María Elena”, foto del maestro Máximo Arias.

– Les pagan $5,50 por tacho. ¡Está buenísimo!, me dijo en algún momento.
– Sí, esta bodega paga más que las otras: en el Este les están pagando 4 pesos. Ahora saquemos la cuenta de cuánto ganan por mes. Si trabajan veinte días, sin lluvias de por medio y con 40 tachos por día, son poco más de 4000 pesos…
– ¿Y eso es mucho?,
 me preguntó.
–  Es lo que nosotros nos gastamos solamente en alquiler e impuestos por mes… Sin contar comida, bebida, nafta, ropa, escuela, vacaciones, zapatillas, cine, juegos, libros y todo lo que se te ocurra…
– Uh, claro, es muy poco. ¿Por eso hay que estudiar, papi..?
– Todos los trabajos son dignos, pero, si estudiás, podés elegir tu trabajo y ganar más plata…
– Pobres, los cosechadores…
– Sí, los cosechadores son pobres.

Ulises Naranjo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s