Una experiencia mística por la vieja ruta 40 en San Carlos

Una experiencia mística por la vieja ruta 40 en San Carlos

Gisela Manoni – gmanoni@losandes.com.ar

Una nueva propuesta turística rescata la tradición y los paisajes del sur a través del camino que va desde Pareditas hasta El Sosneado. Un recorrido en profundidad.

La invitación era a recorrer la vieja ruta 40 -de Pareditas hasta El Sosneado-, a contemplar el Cuyo que desaparece desdibujándose mientras una incipiente Patagonia se asoma.

Nos avisaron que allí eran los ríos los que contaban la historia. Pero hubo más que el relato de la cordillera y de los cursos de agua que le imprimieron quebradas, pampas, veraneadas y cañadones.

Fue una experiencia mística, ofrecida por un pueblo como el de San Carlos que sabe compartir sin mezquindades su esencia; la que habla del respeto por las tradiciones, el pasado y el tejido social.

En esta propuesta turística no hay restaurantes top, escenarios ‘montados’ ni paradas cronometradas. Allí es doña Gringa, del reabierto bar El Tropezón, que espera al grupo con sopaipillas calientes y café.

Son los puesteros que invitan a conocer las rudas labores de un rodeo de 4.000 vacas y más de 160 jinetes que está a punto de iniciar.

Es Rankale Yaukinau, una joven de la nación Mapuche, que enseña a los visitantes a pedir permiso a los ‘cuatro vientos’ antes de internarse en los secretos de la montaña. Es degustar, a la orilla del camino, un plato de humita y de challa de pavo (antiguamente se hacía con choique). Delicias de autor, cocina nómade calentada al fuego por Carlos y Vanesa, vecinos de Pareditas.

Todo el recorrido, que estará disponible para mendocinos y turistas en unos meses, está pautado a través de miradores: esculturas artísticas que invitan a reseñar el paisaje de una manera especial.

Mirador del Maipo. El primer convite es en el Divisadero de las Águilas y para observar la silueta del Maipo desde el único sitio donde lo permite la ruta 143. Después, el micro-camión -una unidad especialmente adaptada para la montaña- se internó en la traza de la vieja ruta 40.
El mal estado del camino, en esta etapa inicial, saca a la luz una primera realidad del lugar. El creciente desarrollo de plantaciones de papa y centeno (hay quienes dicen que también soja) en la zona sin haber encarado las obras de hidráulica necesarias, hacen que el agua del monte escurra por esta senda.

Un guía apasionado -el mismo director de Turismo de San Carlos, Ricardo Funes- señala el Cerro Negro, “sitio de parlamento de la antigua nación pehuenche”.

Minutos después, el chalet El Cepillo es la excusa para hablar del visionario Eugenio Bustos, sus innovaciones, su colaboración con la campaña del desierto, la impronta que dejó en San Carlos. Hugo Ascencio, director de Fauna y amante de estos parajes, recomienda al resto del grupo un libro donde profundizar sobre la historia del lugar.

Mirador de la Isla. Cuenta la historia de los arroyos Yaucha y Gateado. Pero el relato está incompleto sin hablar de “los Pacheco” y del “tío Pirincho”, que fue el mejor anfitrión para los pareditanos. Una cabalgata, trekking, trayectos en bicicleta, el acampe en campos o refugios militares y civiles son opciones.

Mirador del Gateado. Este cajón de granito también esconde varios secretos: el último bosque de maitenes, los mejores sitios de pesca. Gloria Garrido (48) ahora vuelve de turista, pero fue criada en estos puestos.

“Sentía mucha añoranza. Me encantó recorrer de nuevo este territorio”, dice la mujer que hasta los 8 años vivió con don Villaseca y la abuela Ana. “Tengo buenos recuerdos, pero no era fácil ser niño. Cuidábamos cabras a la par de los adultos”, relató.

Mirador del Cajón del Yaucha. Todos descienden del colectivo, celular en mano. Un viejo cartel caído indica que es el único punto del camino con “señal telefónica”.

Una inigualable vista en 360 grados permite observar el Cordón del Plata desde la ciudad de Mendoza hasta el sitio donde desaparece la cordillera frontal. También se puede pisar la vieja caldera volcánica que dio vida al Maipo.

Mirador del Papagallo. Quebrada hermosa, tierra de los Lufí. Allí se encontraba el viejo bar El Tropezón, nombre que le viene porque fue la parada obligada para los que viajaban desde el sur por la ruta 40, para tomar ánimo y seguir hacia la ciudad. El fomento del turismo allí también busca contrarrestar el fenómeno de ‘puestos deshabitados’.

Después de perder a su esposo, doña Gloria Salinas (66) pensó en irse, pero con la ayuda de Cotino y Leonor, ahora sueña con reabrir el bar. “No imagino otra vida. Me casé y me vine a vivir aquí hace 45 años”, dice mientras ofrece por igual sopaipillas y sonrisas a los visitantes.

Mirador del arroyo Hondo. Escuela de vuelo de los cóndores. La Pampa de las Cortaderas es la “puerta de entrada al sendero ancestral”, cuenta la joven mapuche, e invita a un ritual que ayuda a la conexión entre “hermanos” y con la tierra.

Entonces, Daniela cuenta que se embarcó en el viaje para volver a su ‘Patagonia’ mientras Macarena explica que se dejó entusiasmar por su esposo. Concejales sancarlinos argumentan que quieren conocer su terruño.

Mirador de la Faja. El micro baja por caracoles y una faja blanca atraviesa los cerros y da nombre al sitio. Un refugio de Vialidad del ’35 se quiere reactivar para el turismo. El almuerzo se improvisa bajo unos árboles, a la margen del arroyo. A estas alturas, el contingente es una familia. Los mates circulan junto a anécdotas, preguntas y bromas.

Mirador de Carrizalito. Ya el paisaje, la flora y la fauna torna en Patagonia. Vienen a colación las historias, como la del Santito Quemado (objeto de devoción de los lugareños) o del rayo que atravesó a don Simón Ureta.

Mirador del Diamante. El río y el cerro Diamante muestran todo su esplendor. La escuela albergue de La Jaula abre las puertas de su museo y su recorrido de flora local.

“Nunca imaginamos vivir una experiencia así, tan profunda. Aprendimos muchísimas cosas”, contaron Mary Giagnoni y Luis Giménez, sanmartinianos que eligieron el Valle de Uco para Semana Santa.

Las distancias y el cansancio no permitieron llegar al último mirador de la Patagonia, que se ubica en la subida del Portezuelo, en Altos Amarillos.

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