“Sean varones o mujeres, a cierta edad los nietos tienen que hacer su cuchillo”

A 1.058 metros sobre el nivel del mar, en el distrito tupungatino La Arboleda, está enclavado el cartel de entrada a la famosa cuchillería artesanal KDS, una de las paradas obligatorias para los turistas.

Alejandra Adi
adi.alejandra@diariouno.net.ar

A 1.058 metros sobre el nivel del mar, en el distrito tupungatino La Arboleda, una Bandera argentina flamea en lo alto de un mástil, mezclándose el paño con los colores de la cordillera. Ahí mismo está enclavado el cartel de entrada a la famosa cuchillería artesanal KDS, una de las paradas obligatorias del turista que elige conocer los atractivos del Valle de Uco.

Donde hace 25 años un pequeño galpón de finca oficiaba de taller para trabajar a mano las primeras hojas de acero, hoy se erige, pintada de blanco, una moderna construcción de dos pisos que funciona como fábrica. La escena puede ir variando pero la rutina suele ser la misma en el seno de esta empresa familiar.

En producción. Carmen Lillieskold y Pereyra Da Silva en la planta alta de la fábrica de cuchillos artesanales en Tupungato.

Juan Carlos Pereyra Da Silva (64) va de un lado para otro supervisando, acarreando materiales o preparando la mercadería que deben ser entregadas, mientras su esposa, Carmen (67), está en el altillo, cociendo y tiñendo las vainas de cuero curtido. Al mismo tiempo, en el corazón del edifico, Alberto y Pedro Raúl, los hijos varones, desempeñan junto con un plantel de ayudantes las distintas labores propias del proceso de producción en la cuchillería: desde el diseño de las hojas y apliques hasta el tratamiento técnico, la platería y el moldeado de cabos. Cada tanto, su hermana Mónica pasa por ahí para lucirse con el scrimshaw, tallando y embelleciendo los cabos más caros.

“Trabajamos todos juntos pero no amontonados”, aclara Mitai. Así lo conocen en Tupungato al fundador de este emprendimiento que nació a principio de los noventa como una alternativa familiar para salir de una crisis económica que atravesaban.

En noviembre de 1974 los Karup Pereyra Da Silva habían llegado a Mendoza para probar suerte. Pero terminaron haciendo de la cuchillería fina un arte y creando un producto que circula por todo el mundo.

–¿Cómo llegan a la provincia?
–Carmen ya había vivido acá, donde había enviudado. Cuando regresó a Misiones lo hizo con sus niños de 4, 3 y 2 años. Yo trabajaba frente a una agencia que tenían en Puerto Rico y empezamos a “noviar”. Después nos casamos y buscamos qué hacer. Mendoza ya era una provincia conocida pero costaba decidirnos. No me da vergüenza decir que durante los primeros 40 kilómetros que manejé, vine llorando amargamente. Pero la decisión estaba tomada.

–¿Qué hicieron al llegar?
–Empezamos con la agricultura. En ese entonces recibimos la visita de Pancho Giaquinta y Martín Noreikat, que me dijeron que nos viniéramos a Tupungato, que era una tierra maravillosa y de gente linda. Los primeros años en La Arboleda hubo que adaptarse a la realidad porque fueron 6 años de desastre climático. Nuestra economía se iba deteriorando y estábamos comprometidos con los bancos. Había oportunidades de emigrar pero el orgullo de no volver con las manos vacía fue mayor.

–¿Cómo entraron en el mundo de la cuchillería?
–Tratamos de formar todos como un paquetito, donde todos los hijos fueran criados por igual y no se notara que los mayores eran mis hijastros. Logramos una familia muy compacta y juntos empezamos a buscar alternativas para salir adelante. Ahí probamos con hacer cuchillos. Alberto, siendo muy chiquito, ya andaba agachado en una amoladora dando los primeros pasos conmigo, hasta que se nos dio que el RIM 11 para el aniversario de Tupungato, el 8 de noviembre, nos pidió seis piezas para obsequiar. Esa primera venta sirvió para impulsarnos en el tema comercial y pusimos esa fecha como fundación de KDS.

–¿Sabían algo de cómo hacerlos?
–La tentación de los cuchillos surgió cuando Martín, mi vecino, me llamó un día y me mostró un cuchillo que había hecho. Me preguntó si me gustaba y si quería hacer uno. Entró al taller con una hoja y me dijo: “Tomá”. Yo le dije que no sabía nada y me sugirió que primero lo diseñara, lo marcara, lo cortara y le diera forma. Después, mientras hacía arreglar las cosas de la finca en algunos talleres, pedía prestado los esmeriles y en seis meses terminé mi primer cuchillo, que para mí era lo más lindo que había.

–¿Cómo se hicieron conocidos?
–Empezamos a participar en exposiciones. La primera fue en una vidriera del centro. Desde ahí empezamos a conseguir material, comprábamos chapas junto con algunos colegas, recibíamos libros y videos de los amigos que viajaban al exterior. Empezamos a ser muy agresivos en la búsqueda de información para capacitarnos. Éramos uno del montón pero con perseverancia nos fuimos armando, hasta que surgió participar en la primera Expo Armas. Cuando llegamos nos miraron por arriba del hombro, pero el público se arrimó, nos alentó y nos compró.

–¿Qué experiencias fueron atravesando?
–En la segunda Expo Armas nos encontramos inundados de cuchillos importados. Ese día cayó un cliente del año anterior que me preguntó si estaba asustado y me dijo que me sintiera orgulloso de estar colgando la Bandera argentina. Que iba a vender porque a la gente le gustaba que se hiciera en su país. Fue el mejor año que tuvimos en la expo. Después aumentamos la producción, buscamos conseguir los mejores materiales y armamos un plantel de trabajadores de la zona donde mis hijos oficiaron de maestros para enseñarles a todos. Nosotros empezamos muy de abajo pero fuimos creciendo.

Del mercado y el turismo
Conocer este circuito de producción manual hasta poder pedir un cuchillo personalizado, que lleve el nombre que uno quiera, son algunos de los atractivos que hacen de este emprendimiento familiar una de las opciones más elegidas por el turista que termina la visita habiéndose adentrado por completo en este mundillo, donde puede hasta ver productos que por sus características y materiales tienen valores que llegan a los $14.000.

“A esos los tenemos ahí quietos pero vendrá un día un coleccionista o ese novio que no sabés cuándo puede llegar a buscarlos”, contó Pereyra Da Silva. Para todo lo que ofrecen al público utilizan materiales que provienen de distintos puntos del país y muchos de España, Suecia y Austria.

–¿Cuál es su mercado?
–Buscamos que no se nos escape el asalariado, que fue el primero en acompañarnos y que es el que le hace un regalito al papá o al hermano. Después está el turista, al que tratamos de brindarle una alternativa para que no esté sólo de paso en Tupungato y que conozca algo más.

–¿Cuál es el vínculo con las grandes firmas?
–Estamos conectados con todas las bodegas del Valle de Uco y de casi todo Mendoza que usan nuestros productos. También nos va muy bien con la vajilla, que es otro producto y que se usa, por ejemplo, en todos los restoranes de Francis Mallman, hasta en Punta del Este y Nueva York.

–¿Cómo ve el futuro de esta empresa familiar?
–Yo me veo para jubilarme este año, pero calculo que no me voy a retirar. Hay que aceitar los engranajes para que todo siga como hasta ahora. Acá los nietos a una determinada edad ya tienen que hacer su cuchillo, sean varones o mujeres. Es la forma de que tengan una convivencia con el tema. Igual los dos más grandes están ya en la universidad y los otros son chicos. Veremos quién se inclina para este lado. Estoy seguro de que alguno lo va a hacer.
http://www.diariouno.com.ar/mendoza/Sean-varones-o-mujeres-a-cierta-edad-los-nietos-tienen-que-hacer-su-cuchillo-20140622-0014.html

 

 

 

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