Unos 1.500 jinetes en la cabalgata de los claveles del aire

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Gisela Manoni – gmanoni@losandes.com.ar
  • La octava edición de este encuentro, que se desarrolla en el monte sancarlino, tuvo un significado simbólico ya que había pocas flores en los cerros debido a las intensas tormentas de los últimos días.

Formados al rayo del sol en un recodo del desierto sancarlino, unos 1.500 jinetes cantaron las estrofas del Himno argentino. Después arrojaron sus sombreros al cielo, haciendo enrojecer sus gargantas a puro grito cuyano. Esta postal, que ofreció la Cabalgata de Los Claveles ayer en su octava edición, es una de las tantas que acostumbra a atesorar el pueblo de San Carlos para mantener viva su tradición.

Como desde hace ocho años, el anfiteatro Neyú Mapú comenzó a poblarse de caballos antes de que apareciera el sol en la mañana del domingo. La pintoresca comitiva que emprendió el camino hacia La Salada llevaba en sus ‘huestes’ a gauchos de corta edad montando como profesionales, grupos de amigos, familias enteras, muchas mujeres, regimientos de soldados, parejas en sulkies y una larga fila de vehículos que acompañaban a los jinetes, para socorrerlos con líquido o provisiones.

Sucede que esta cabalgata ya se ha convertido en un hito de la tradición valletana. Hay quienes se van la noche previa, para estar a tono en el punto de partida. Hubo participantes del sur provincial, del Gran Mendoza, de Neuquén y hasta unos turistas colombianos que recorrían el Valle de Uco se sumaron a la travesía.

Al grupo entusiasta que partió del Neyú Mapú se le fueron agregando decenas de gauchos en cada esquina o a la vera del camino, mientras que los vecinos salían a saludarlos a la calle. “Era mi cuenta pendiente. Me habían dicho que es una experiencia muy buena y no me la quería perder”, sostuvo el tunuyanino Carlos Moveroff, convencido de que no volvería hasta que se “apagaran todos los tragos”.

La idea surgió en 2008 para recrear una vieja costumbre de los puesteros, que pasó de generación en generación. Cuentan los lugareños, que los gauchos debían internarse varios días en el desierto para realizar el arreo de los animales. De regreso, pasaban por este cerro del desierto donde abundaban los claveles del aire para juntar un puñado de ellos y llevárselo a su amada.

Las intensas lluvias de los últimos días imprimieron algunos cambios en la recreación de este folclore local. “Tanta agua quemó las flores”, sentenció uno de los gauchos que año a año repiten el ritual de buscar estos ‘tesoros perfumados por los cerros. Sólo pudo reunirse un ramillete de flores, que fueron repartidas entre las autoridades por la representante departamental del Clavel del Aire, Cintia González.

“En el primer recorrido, no éramos más de cincuenta personas, que marchamos compartiendo anécdotas y leyendas de la zona. Desde entonces, el número de jinetes y familias ha ido creciendo. Estas son las acciones que hacen que la tradición siga viva”, señaló el intendente Jorge Andrés Difonso, antes de trepar a su caballo y emprender el viaje.

Emilio Guzmán (15) y su hermano Juan Gabriel (13) salieron al amanecer de su finca de El Cepillo para alcanzar, montados en la Tortuga y el Patas Chuecas respectivamente, a la particular caravana. “Yo no me he perdido ninguna. Vengo desde los 10 años”, apuntó Emilio.

Siguiendo el paso del Batallón de Ingenieros de Montaña 8 de Campo Los Andes, Aldo Pavez (7) cabalgaba a buen paso, flanqueado de cerca por su papá Aldo. “Todavía no lo conoce mucho, le compré el caballo este lunes”, acotó el hombre.

Antes de llegar al puesto Lima, donde las numerosas parrillas repletas de carne humeante esperaban para el almuerzo, el grupo de jinetes hizo la tradicional parada para tomar la “foto de almanaque”. Este año, esta pausa estuvo guionada. Parejas de bailarines interpretaron gatos y cuecas para los presentes y todos terminaron cantando el himno.

Ataviadas con sombrero y pañuelo al cuello; las amigas sancarlinas Camila Sandes, Tatiana Di Cesare y Macarena González matizaron la marcha a caballo con charlas y brindis con vino en cantimplora. “Acá es muy común que los jóvenes tengamos nuestro caballo. Una semana antes de la cabalgata, todos sacan a relucirlos y preparalos para el evento”, apuntó Camila.

Como todos los años, muchas familias esperaban a sus ‘gauchos’ sobre el arroyo seco y con las mesas dispuestas para el almuerzo. Espectáculos de artistas locales, bailes y muchos brindis marcaron el cierre de la jornada.

 

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